PEDRO TORRIJOS (JOT DOWN) / «¡Oh, Capitán, mi Capitán!». Estas fueron las palabras con las que muchos descubrimos a Walt Whitman. No lo hicimos en la biblioteca del barrio, leyendo alguna copia de Hojas de hierba, no. Las escuchamos con la voz doblada de Robin Williams en El club de los poetas muertos.

Ese profesor Keating nos agarraba en plena adolescencia como agarraba a los adolescentes Ethan Hawke o Robert Sean Leonard y nos sacudía a todos con la poesía de Whitman. Nos daba igual que no supiéramos que se trataba del más grande poeta de los Estados Unidos ni de que el poema en cuestión estuviese dedicado a Abraham Lincoln, ni siquiera que no terminásemos de entender del todo lo que significaban esas palabras. Porque estaban allí, al otro lado de la pantalla, para empujarnos al otro lado de la niñez:

¡Oh, Capitán, mi Capitán! Nuestro azaroso viaje ha terminado;
El barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado;
Cerca está el puerto, ya oigo las campanas, todo el mundo se muestra alborozado,
la firme quilla siguen con sus ojos, el adusto velero tan audaz.

¿Quién demonios sería ese capitán? ¿Cuál era el premio? ¿A santo de qué venia el velero? No teníamos ni idea y nos daba igual. Sabíamos que allí había cariño y admiración. Whitman se lo había escrito a Lincoln y nosotros conocíamos a alguien que era como Lincoln, alguien a quien queríamos y admirábamos. Nos gustaría escribirle un poema o, al menos, que supiese lo que sentíamos. En el fondo, queríamos creer que el tiempo nos iba a convertir en ese capitán.

Walt Whitman vs Walter White

Veinticinco años más tarde, una generación de nativos digitales más tarde, Walt Whitman volvía a aparecer en un producto audiovisual alejado de las bibliotecas. Fue en el sexto episodio de la tercera temporada de Breaking Bad, y seguramente ya no se escucharía con voz doblada sino con subtítulos en español: «When I heard the learn’d astronomer». Cuando escuché al docto astrónomo.

Cuando escuché al docto astrónomo;
cuando las pruebas, las figuras, se alinearon frente a mí;
cuando me mostraron los mapas celestes y las tablas para sumar; dividir y medir;
cuando, sentado, escuché al astrónomo hablar con gran éxito en el salón de conferencias,
de repente, sin motivo, me sentí cansado y enfermo;
hasta que me levanté y me deslicé hacia la salida, para caminar solo,
en el mismo aire húmedo de la noche,
y de cuando en cuando,
mirar en silencio perfecto a las estrellas.

El poema lo recita Gale Boetticher en un momento de entusiasmo en el laboratorio. Un químico titulado que no disfruta con los canales convencionales; ni con la enseñanza ni con el trabajo farmacéutico. Hay demasiados corsés, demasiadas formalidades y, para él, la química debería respirar, debería experimentarse en sus términos más intrínsecos; los de la combinación, la composición y la aleación. Los de la explosión y el producto casi mágico. «I love the lab, because it’s all still magic». El laboratorio es magia. Y allí ha conocido a Walter White. A él es a quien le recita el poema de Whitman. Él es el docto astrónomo. Él es el capitán.

Como afirma la profesora… [Seguir leyendo].