ANTONIO SANDOVAL / Lugar: el Obelisco. Fecha: 1 de abril. Hora: media tarde.

Muchos reojos se vuelven hacia mí. Después se giran con disimulo y curiosidad hacia el cielo. No ven más que el azul.

Les podría explicar que la primavera por fin se ha traído a los vencejos pálidos. Que los vencejos son aquellas siete altísimas motas de alas afiladas que pintarrajean el cielo con líneas veloces e invisibles.

No lo hago. No explico nada. No deseo hacer otra cosa que admirarlos. Maravillarme con sus trazos vertiginosos y enrevesados. Flipar con sus fintas, cambios y zambullidas de ingrávidos volatineros. “¡Ale hop! ¡Barrena a tres! ¡Y ahora un looping con tonel cerrado! Y más difícil todavía: ¡un vuelo a cuchillo seguido por un giro Immelmann con salida en ocho cubano!”. Todo rapidísimo.

Su troupe de acróbatas aéreos ha regresado a la ciudad tras meses de ausencia. Y vuelan para mí.

¡Bravo! ¡Bravo!, les aplaudiría, ajeno a cuantos cruzan el paso de cebra con paso apurado. Pero me da en pensar, precisamente, en cebras. Porque estas aves vienen de África. Aunque no exactamente del continente.

Desde que abandonan Europa hasta que regresan, los vencejos no se posan ni un instante. Eso sí, echan las cabezaditas que necesitan para sentirse descansados

Resulta que los vencejos, desde que abandonan Europa al final del verano y hasta que regresan a partir de estas fechas, no se posan ni un instante en tierra. Por asombroso que parezca, así es: se dedican sólo a volar.

Vencejo pálido. Wikipedia CommonsEn los cielos de selvas y sabanas encuentran cuantos mosquitos y demás insectos alados precisan. También unas corrientes de aire que les mantienen a cerca de dos mil metros de altura mientras echan las cabezaditas que necesitan para sentirse descansados. No son como nuestras cabezaditas. Ellos no se quedan exactamente groguis. Como otros animales, pueden permitirse dormir sólo a base de la primera fase de nuestro sueño, la llamada “de ondas lentas” (“me he quedado un poco traspuesto”). Además, pueden hacerlo con sólo un hemisferio del cerebro, mientras el otro trabaja. Algo así como dormir con un ojo cerrado y otro abierto…

Aquí mismo, en la esquina de un edificio frente al Obelisco, tienen esos vencejos pálidos una de sus dos colonias coruñesas. Es curioso que esté junto a nuestro más emblemático monumento al transcurrir del tiempo. El mismo tiempo que ellos también marcan con el tic-tac de sus llegadas y partidas.

De todo el mundo, su grupo ha elegido otra primavera más este rincón para posarse tras tanto tiempo en el aire. Tic.

Sus agudos reclamos de vuelo resonarán hasta septiembre. Recuerdan los chillidos infantiles que llenan plazas y jardines las tardes de sol

Dentro de poco traerán sus pollitos al mundo. Los alimentarán con el plancton de mosquitos que cubre la ciudad. Luego, cuando crezcan, los animarán a echar a volar. Sus agudos reclamos de vuelo, y los de los comunes, resonarán hasta septiembre en este y otros barrios. A mí me recuerdan los chillidos infantiles que llenan plazas y jardines las tardes de sol. Luego se irán a donde viven las cebras. Tac.

Los vencejos comunes crían en toda Europa. En algunas ciudades, en grandes cifras. Los pálidos se limitan a los países mediterráneos y Oriente Próximo, hasta Irán. Aquí en Galicia tienen sólo un puñado de colonias. Los comunes son mucho más numerosos.

Hace poco se supo que los vencejos comunes de Pekín vuelan hasta Sudáfrica para pasar el invierno junto a los nuestros. Fascinante. No menos que esa forma suya de volar.

¡Pasen y vean! El mayor espectáculo del cielo ya ha abierto sus puertas a niños y mayores! ¡Esta temporada, con prodigiosas innovaciones aprendidas de maestros asiáticos en las exclusivas academias de vuelo africanas! ¡La Chandelle! ¡La Hoja de trébol! ¡El Humpty bump! ¡Y muchos más!