JORGE BARRECHEGUREN / Se llama Xoán, pero nosotros aún no lo sabemos. Mi pareja me avisa cuando casi lo estamos rebasando -¡mira, un autoestopista!- mientras circulamos por la carretera nacional a las afueras de Bueu, en dirección a Marín.

Lo observo por el retrovisor. Tiene el pelo cano y cierto aire bohemio. Dudo sobre si debemos o no parar, corren los metros y pronto me arrepiento de no haberlo hecho. En cualquier caso, nos dirigíamos a hacer fotografías a un lugar en las proximidades.

De vuelta poco más tarde y sin haber tomado una sola imagen, volvemos a verlo. Esta vez con tiempo, esta vez sin excusas. Paramos en la dirección contraria, le hago un gesto con el brazo y cruza la calle para subirse a nuestro automóvil. Se monta con la confianza y la naturalidad de quien lo ha hecho muchas veces, unas cuatrocientas desde los catorce años, según nos dice.

Sólo en un par de ocasiones ha tenido problemas. Una vez lo habían recogido dos chicos que estaban borrachos o drogados, pero no nos cuenta más. Tampoco preguntamos. Le comunicamos que nos dirigimos a Marín -aunque en realidad conducíamos hacia Aldán cuando paramos-. Está bien, él se dirige a Pontevedra.

Entre semana, los movimientos de la gente que se desplaza para trabajar le permiten viajar de forma más cómoda. La península de O Morrazo es una zona densamente poblada. Es gente que ya lo conoce y lo lleva, que en muchos casos también necesita a alguien con quien hablar durante su trayecto.

Los extranjeros son gente más confiada a la hora de hacer autoestop y de recoger a viajeros. El autoestopista tiene algo distinto a las apps

Recoger a un autoestopista tiene algo especial, algo distinto que no aportan las exitosas apps para concertar viajes. En fin de semana y época estival el desplazamiento se hace más difícil, depende de “guiris”, extranjeros o patrios, como nosotros. Una vez había conocido a un libanés, nos decía.

Los extranjeros son gente más confiada a la hora de hacer autoestop y de recoger a viajeros, y se les puede pagar hablándoles de los lugares obligatorios para visitar. Las cosas, sin embargo, han ido cambiando en nuestro país.

En opinión de nuestro invitado, el crimen de Alcàsser marca un antes y un después en la percepción del autoestop, generándose cierto miedo y rechazo, algo que afecta a las dos partes del hecho: paran menos coches, pero también sale menos gente a alzar el pulgar junto a la carretera.

Bromeando, nos cuenta que la gente mayor desconfía más, y alguna señora le ha preguntado si no será un violador. Con nosotros no hubo cuestiones incómodas, sino una animada conversación que nos llevó finalmente hasta Pontevedra, en cuyo centro se apeó Xoán, quién sabe si pensando ya en cómo volvería a Bueu.

Por nuestra parte, el coche nos dejó tirados en la vuelta a casa, un poco antes de Marín. Llega un momento en que se han recorrido demasiados kilómetros, parecía decir.


La fotografía que ilustra este texto es de Yasmín Santos