EMILIO DE GORGOT (JOT DOWN) / ¿Alguna vez han imaginado cómo sería el vivir bajo el yugo de una teocracia enloquecida? Por si alguien no sabe bien qué serie ponerse a seguir, The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada) es la adaptación que han realizado Hulu y MGM Television de una novela publicada en los años ochenta por la respetadísima escritora Margaret Atwood (ganadora, entre otros muchos premios, del Príncipe de Asturias de las Letras).

Cuando escribo estas líneas solamente se han estrenado cuatro episodios —es posible que para cuando lo lean ya haya salido el quinto—, pero son suficientes para decir que merece la pena subirse al carro. Eso sí, mejor ponerse a verla en un día soleado y cuando tengan las defensas altas, porque la historia que cuenta, aunque ficticia, es tremebunda.

La serie describe un futuro distópico en el que los Estados Unidos, después de sufrir una serie de calamidades ambientales y sanitarias, han caído bajo una dictadura que ha arrastrado toda la sociedad americana hacia un terrorífico Estado de autoritarismo puritano, en el que cada ámbito de la vida se rige por una interpretación enloquecida de la Biblia.

La vida en esta teocracia distópica transcurre bajo un régimen de terror religioso-fascista en el que cualquier actitud sospechosa puede ser condenada y cualquiera puede ser un espía

Una epidemia de infertilidad ha provocado que las pocas mujeres que todavía son capaces de concebir bebés hayan sido convertidas en “Criadas”, una clase social específicamente entrenada para servir en los domicilios del estrato dominante. Entre sus “atribuciones” está la de dejarse violar por el señor de la casa, con la complicidad de la esposa, durante un acto llamado “la ceremonia”, en el que se intenta que la Criada se quede embarazada para darle descendencia al matrimonio bajo cuyas órdenes sirve.

Todos los ciudadanos viven bajo un régimen de terror religioso-fascista. Los homosexuales, los médicos abortistas y otros “pecadores” son condenados a la horca. Las mujeres carecen de derechos, no pueden trabajar ni tener propiedades a su nombre. Los varones que no pertenecen a la clase dirigente viven también como siervos y ni siquiera pueden tener pareja si no reciben la autorización gubernamental.

La población vive atemorizada por una omnipresente red de espías que, al estilo Gestapo, intenta localizar a cualquier ciudadano rebelde que se atreva a salirse de las normas. Todos los habitantes han de hablar con términos religiosos incluso cuando se saludan, y cualquier actitud sospechosa puede conllevar interrogatorios, detenciones y, en última instancia, la condena de un tribunal religioso ante el que ningún acusado tiene derecho a la defensa.

La protagonista de la historia es June, una mujer que antes del levantamiento puritano había trabajado en una editorial y que perdió a su familia durante la fase inicial de la dictadura.


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