JORGE BARRECHEGUREN / En A Coruña existe desde 1965 la Agrupación Scout San Jorge 33, en la que más de una cincuentena de chicos y chicas se forman en los valores de un movimiento renovado que poco tiene que ver con la idea que tenemos.

En la película de Disney Up, un joven aprendiz de scout llamado Rusell se enreda en la aventura de su vida para obtener la última medalla que le falta en su bandolera, la de ayudar a los mayores.

En el filme se parodia este aspecto a través del niño, haciéndonos ver cómo los valores no residen en las condecoraciones sino en los hechos. Esta es la misma filosofía que resaltan desde la Agrupación Scout San Jorge 33.

Existen diferencias entre el movimiento español y el de otros países del mundo, especialmente Estados Unidos. Los boy scouts, que han dado fama mundial al estereotipo, tienen, además del consabido imaginario de condecoraciones, uniformes y rangos, elementos diferenciales como separación entre sexos, rechazo de homosexuales o profundas vinculaciones religiosas.

Por el contrario, ASDE (Federación de Scouts-Exploradores de España) es medalla de oro de la Cruz Roja por “el trabajo desempeñado a favor de la integración en el proceso educativo de toda persona sin discriminación alguna”.

Los scouts, al servicio de los demás

Adrián Pose, coordinador de la agrupación coruñesa, y Miguel González Muíño, coordinador de comunicación, nos hablan de lo que es ser scout. Una vez a la semana, los sábados, los miembros de todas las edades se reúnen en los locales, cada grupo en el suyo, o realizan salidas de campo, juegos de pistas o campamentos. Además de la inaugural, se hacen al menos tres acampadas al año, en las que se sigue la máxima de que el scout lo deja siempre todo mejor de lo que lo encuentra.

El año pasado miembros de San Jorge 33 llevaron a cabo una campaña de limpieza en las fragas do Mandeo, en una de sus habituales acciones de voluntariado medioambiental, una de las razones por las que son acogidos con los brazos abiertos en los municipios donde realizan actividades.

El voluntariado social es otra de las facetas en las que destacan. Las agrupaciones españolas centran su proyecto en la responsabilidad social, tratando de educar personas de provechos. La madurez de los chicos a veces sorprende a los padres. A los scouts se les inculca que lleven los valores que han aprendido a su hogar y a su entorno y los apliquen en su vida diaria.

El agradecimiento de los padres es parte del pago para los monitores. La Agrupación San Jorge 33 es una asociación sin ánimo de lucro, y todos los que trabajan en ella son voluntarios.

Nuestros anfitriones destacan que el provecho que se saca es grande, aunque no sea económico sino de un orden más psicológico, como ver madurar a los niños y niñas. Actualmente San Jorge 33 ronda los noventa socios, aunque hace quince años, antes de la crisis, llegaron a ser 120.

Aprendiendo en la “manada”

Con el tiempo, los scouts de la Agrupación San Jorge 33 van pasando por etapas que les llevan a profundizar poco a poco en los valores de la organización.

Los miembros de 8 a 11 años conforman la “manada”: su mundo está ambientado en la novela El libro de la selva, el conjunto de cuentos escrito por Rudyard Kipling, siguiendo una serie de normas llamadas las “máximas de Baloo”. Normas que no nos vendrían mal a muchos, como ser alegres o proteger la Naturaleza, y que son una adaptación de la ley scout. Dentro del juego, sin embargo, realizan por ejemplo actividades relacionadas con la seguridad vial o el consumismo.

A partir de los 11 años se entra en la “tropa”. Al conformar el grupo de edad al que se dirigía la organización en sus inicios, es el más cargado de tradiciones. Los niños y niñas comienzan a organizarse de forma autosuficiente, en pequeños grupos y guiados por los más veteranos, lo que fomenta la responsabilidad de los pequeños que, por ejemplo, gestionan su propio espacio en las acampadas.

De forma paulatina, pasando por la fase de “esculta” hasta llegar a la conocida como “clan”, los scouts van tomando el control de las actividades, eligiendo y planificando las que desean hacer, mientras los monitores progresivamente se reducen a un papel consultivo y administrativo, ayudando y sobre todo proponiendo.

Libertad en la Promesa

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Los chicos de la tropa en un campamento en Begonte (Lugo), en 1976

Los mayores, hasta los 21 años, van dejando de lado las actividades físicas para organizar debates o juegos de roles, muchas veces relacionados con temas de actualidad, en los que además de aprender de los puntos de vista del resto pueden dar rienda suelta a sus inquietudes.

Cuando el aprendiz se siente preparado da el paso y hace la Promesa, un acto solemne frente a los monitores y el resto de su sección mediante el cual acepta y hace suyos los valores de la organización.

Antaño se juraba por dios o por la patria, pero el movimiento ha ido adaptándose a los tiempos y los chicos y chicas son libres para decidir el contenido de su promesa, haciendo mención a familia, amigos, sociedad, creencias o aquello que deseen.

A partir de este momento el scout puede llevar el característico pañuelo azul y blanco anudado al cuello que, junto con el polo azul, son los únicos elementos del uniforme.

Un movimiento a escala mundial

Se puede decir que el movimiento scout comienza en 1907, cuando Robert Baden-Powell reúne a una veintena de chicos en un primer campamento en Brownsea. A los niños, de entre 12 y 17 años, se les inculcaron fundamentos de primeros auxilios, supervivencia, caballerosidad, patriotismo o religiosidad.

Baden-Powell, avezado militar británico, toma conciencia durante un asedio en África del valor de los jóvenes cuando se les confía responsabilidad, lo que plasmará en sus textos y que deviene en una de las ideas centrales del movimiento scout. El libro Escultismo para muchachos se convierte en la obra central del movimiento, que pronto se expande por el mundo, con su símbolo de la flor de lis.

A nuestro país, los scouts llegan en 1912 de manos de Teodoro Iradier y Arturo Cuyás, con la fundación de la primera asociación. Apenas un siglo después, en el año 2015, la Federación de Scouts-Exploradores de España cuenta con unos 30.000 socios, siendo la principal organización scout de nuestro país y agrupando a las dieciocho federaciones territoriales.

El fenómeno, que goza de gran fuerza en regiones como Andalucía, tarda en llegar a Galicia. Actualmente hay ocho grupos scout en nuestra comunidad, tres de ellos en la ciudad de A Coruña.

Aquí no dan medallas, pero te meten de lleno en la aventura de tu vida.