NATALIA QUIROGA (YOROKOBU) / Al pequeño pueblo ourensano de Aceredo, como al Titanic, se lo tragó el agua. Como un barco a la deriva del progreso, a este pequeño pueblo y a otras cinco aldeas cercanas no los arrastró al fondo un bloque de hielo, sino el contrato entre una empresa hidroeléctrica portuguesa y dos dictadores.

De aquel Aceredo no quedó nada más que litros y litros de agua procedentes del embalse de Lindoso y los vecinos, que vivirían para siempre en la memoria del exilio.

Como los músicos del Titanic, que no dejaron de tocar mientras el barco se hundía, en Aceredo hubo vecinos que no dejaron de grabar con sus cámaras domésticas hasta los últimos momentos a flote de su pueblo. Juntos, los vecinos de este pueblo rodaron en imágenes su resistencia a la perdida traumática e inmediata de sus raíces.

“Cogí la cámara como si mi vida dependiese de ello”, cuenta un antiguo vecino de Aceredo. Corría el año 1992 cuando el embalse de Lindoso sepultó su pueblo

“Cogí la cámara como si mi vida dependiese de ello, como si de esa grabación dependiese la supervivencia de una aldea”, cuenta Francisco Villalonga, antiguo vecino de Aceredo. Corría el año 1992 cuando el embalse de Lindoso, gestionado por la empresa hidroeléctrica portuguesa EDP, sepultó su pueblo junto a otras cinco aldeas ourensanas (Buscalque, O Bao, A Reloeira y Lantemil) en pleno Parque Natural del Xurxés.

El agua llegaba de lejos: el embalse era el resultado de un acuerdo de los años 50 entre los dos dictadores de la península ibérica, Salazar y Franco. Más de 40 años después, el acuerdo se hizo realidad y llegó el agua para cubrirlo todo.

Más de 250 vecinos perdieron sus casas y en el pueblo el acuerdo entre dos dictadores ya muertos dividió la realidad entre los que aceptaron irse y los que pensaban que no había dinero que pagase el exilio de una tierra perdida bajo el agua.

“Fueron negociando puerta por puerta, primero con los hogares más pobres, y cuando lograron convencer a la mitad de la población comenzó la expropiación forzosa. La gente se vio obligada a vender. Más tarde nos dimos cuenta de que en la venta hubo muchos engaños. Los vecinos pensaban que estaban vendiendo a la compañía hidroeléctrica, pero en realidad estábamos pagando a unos intermediarios que después revenderían a la empresa”, recuerda Villalonga [Seguir leyendo].