ESTEBAN ORDÓÑEZ CHILLARÓN (YOROKOBU) / La positividad de nuestro siglo es un problema mental. Sobrevenido, diseñado y provocado, pero un problema mental. No nos referimos a la felicidad limpia y natural, sino a la positividad cool empresarial.

En un artículo de Qz, William Davis, autor de The Happiness Industry dibuja esta filosofía: «Los empleadores buscan varias maneras de impulsar la moral y el estado de ánimo de los empleados, o, si falla, instruirlos sobre cómo comportarse de una manera feliz». Hablamos de una protoreligión «donde el optimismo y la autocreencia son obligaciones casi morales».

BBC Mundo recogió una historia que sirve de metáfora. Un trabajador de Boston, al llegar la navidad, recibió un sobre cerrado desde recursos humanos. En el dorso, unas palabras lo hicieron salivar. «Bono incentivo de la empresa», «apreciamos tu trabajo duro». El artículo no especifica cuántas caritas sonrientes o flores saltarinas adornaban estas dos frases. La víctima destapó el sobre, se preparó para contar billetes, pero del interior brotaron un montón de cupones de descuento. El despropósito fue a más. Los papeluchos pertenecían a California: para poder gastarlos debía conducir 45 horas.

Él esperaba dinero porque, al fin y al cabo, es para lo que está uno en una oficina por mucho que finjamos otras adherencias más espirituales (o que incluso nos convenzamos de ellas), y en vez de eso, el muchacho recibió un festival de color, de papel brilloso e incanjeable. Un regalo puramente sensorial como las llaves de colores que se dan a los bebés.

La positividad “cool” es una actitud vacía, una bola de persuasión que se persuade a sí misma, un juego de espejos

La anécdota explica cómo funcionan las tripas del positivismo cool. Se trata de una actitud vacía, una bola de persuasión que se persuade a sí misma, un juego de espejos. A través de cientos de libros, conferencias, programas, secciones de radio y tazas de café se ha asociado, de manera incorregible, la productividad al estado de ánimo de los trabajadores.

Conseguir un objetivo es fácil, es cuestión de actitud, querer es poder (y demás patrañas). En política se llamaría demagogia, pero no en el mundo empresarial: aquí se le pone un nombrecito en inglés, un par de números (2.0, 3.1) y a funcionar.

Si se eslabona la predisposición con la consecución de objetivos, el camino de vuelta de la cadena es aterrador. Si no consigues algo, es porque no lo deseabas. [Seguir leyendo].