PEDRO TORRIJOS (JOT DOWN) / Dice William J. R. Curtis —y de esto sabe un rato— que en la absurda competición por el podio de la egolatría solo un escritor es más detestable que un arquitecto. Pues les voy a decir una cosa: no tiene razón.

Los arquitectos siempre hemos estado a la vanguardia del pensamiento occidental, somos los más conscientes y más preocupados por las necesidades del ciudadano, somos los más estudiosos de la problemática social, sabemos de literatura, de música, de artes plásticas, cine, fotografía y fútbol. En definitiva, somos los mejores en todo. En todo. También en ego.

El radio de nuestro ego supera al de una luna de Júpiter y, con los años, adquiere la consistencia e impenetrabilidad de un búnker de la Segunda Guerra Mundial. Y que nadie ose llevarnos la contraria porque, como podremos apreciar en estos breves ejemplos que exponemos a continuación, un arquitecto nunca se equivoca.

  1. Beauvais. La catedral imposible

    arquitectos

    Saint-Pierre de Beauvais. Foto: Jesper Wiking (CC) / jotdown.es

Si el lema de los Juegos Olímpicos es «citius, altius, fortius», los arquitectos del gótico se adelantaron a su tiempo, si bien sustituyéndolo por un más sencillo «altius, altius, altius». Más alto, más alto, más alto. Más alto, coño, que así no vamos a llegar a entrar en contacto con Dios y, lo que es mucho más importante, no vamos a superar a la catedral del pueblo vecino.

La arquitectura gótica trajo un montón de avances, pero tenía un adversario que no podía superar: la gravedad

Se supone que la arquitectura gótica pretendía, con la luz de las vidrieras y la esbeltez del espacio, poner al hombre frente a algo tan inaccesible como era la trascendencia divina. Pero no nos engañemos, en el fondo la cosa iba de ver quién la tenía más larga. Más alta, en realidad.

Lo bueno es que esa competición trajo consigo los arbotantes, los pináculos, las bóvedas de crucería y un montón de avances en la comprensión constructiva y estructural de los edificios. Lo malo es que, por mucha ingeniería que apliques, hay un adversario al que no se puede superar: la gravedad.

En la Francia de principios del siglo XIII, y en apenas doscientos kilómetros a la redonda, se estaban construyendo tres catedrales que se iban a convertir en epítomes de la arquitectura gótica. Por la traza, por el espacio, por los conjuntos escultóricos y también por la altura.

Las naves de Reims y Chartres alcanzaban los 38 metros y la de Amiens llegó a unos desafiantes 42,30 metros. El desafío le debió parecer una mandanga al obispo Guillaume de Grez, a la sazón responsable —que no arquitecto— de la catedral de Beauvais, porque dijo que para subir hasta los 43 metros que indicaba el dibujo inicial casi que no hacían nada. Así que ordenó añadirle otros cinco metros, llegar a 48 y que quedase claro que serían ellos quienes levantasen el edificio más alto de Francia.


Lee la historia completa en Jot Down