GUILLERMO PARDO / No deja de ser asombroso que, en la sociedad de la hiperconexión, estando todo el día conectados a algún tipo de aparato, nos sintamos solos. “Solos” en el sentido amplio, extenso y humano del término.

Ni siquiera el teléfono móvil, ese dispositivo cuyo uso compulsivo ha dado lugar a una nueva enfermedad, consigue reducir la angustiosa sensación de que el páramo crece a nuestro alrededor, pese a vivir rodeados de árboles cuyo ramaje nos impide ver con claridad qué es lo importante y cómo lograr que, conectados o no, nos sintamos más cerca de los demás.

En mi último cumpleaños recibí centenares de felicitaciones de “amigos” a través de las redes sociales, un par de llamadas de teléfono de personas afectivamente vinculadas y ninguna postal o carta, lo que hasta hace unos años habría sido lo normal. A millones de personas les ocurre lo mismo.

Así pues, en tiempos de hiperconexión aquella normalidad se ha transformado en otro tipo de normalidad según la cual lo virtual se impone en las relaciones personales, que poco a poco van desprendiéndose del calor de la cercanía para profundizar en la inmediatez y la frialdad del mensaje a distancia.

Somos conscientes de que los tiempos cambian y de que el progreso tecnológico impone nuevas formas de comunicación que nos ayudan a superar obstáculos y distancias hasta hace poco difíciles salvar sin hacer grandes esfuerzos.

Conectados sí, pero lo que nos hace sensibles no cambia

Sin embargo, las emociones, los sentimientos, lo que nos hace sensibles no cambia. Ese es el fondo de la cuestión. Se programan nuevas aplicaciones, se crean más redes sociales, se amplían horizontes científicos, pero el deseo de sentirse queridos y parte del grupo (somos tribales en esencia) permanece invariable e inalterable al paso del tiempo y a los avances de cualquier tipo.

No hay situación temporal, por exitosa que sea, capaz de colmar las necesidades humanas más primarias. Un ejemplo gráfico e ilustrativo todavía fresco en la memoria es el de El Rubius, probablemente el español con más seguidores en YouTube, que se derrumbó en un programa de televisión al reconocer su falta de empatía (“Nunca me he abierto a nadie, la verdad”, llega a afirmar) y el alto precio que ha tenido que pagar en forma de aislamiento social por alcanzar la fama. Su caso es uno más entre otros muchos.

Más dolorosos son los casos de adolescentes que creen encontrar la felicidad al margen del contacto cotidiano con su entorno y se encierran en la habitación conectados a un pseudomundo de amistades tan inconsistentes como irreales. Muchos acaban entregados a la paranoia de los placebos, desapareciendo o quitándose la vida porque no entienden que teniendo tantos “amigos” no puedan ser felices, se sientan tan desgraciados y tan solos.

El pegamento que cohesiona nuestra estructura emocional es innato a la humanidad

Hay que enseñarles, recalcarles, hacerles entender que la familia, los amigos de verdad, los vecinos, los compañeros, los camaradas, los socios, el equipo, la pandilla, el bar, en fin, como metáfora de las relaciones sociales conforman la columna vertebral, el pegamento que cohesiona la estructura emocional que nos sostiene. Renunciar a eso es renunciar a nosotros mismos y a nuestra esencia como personas.

Eso no ocurrirá, al menos de momento y a la espera de ver cómo evolucionan los robots y con ellos la especie humana. Las personas no podemos desprogramarnos para dejar de ser lo que somos, con la materia de la que estamos hechos.

Menos todavía renunciar a la esperanza, la fuente de energía renovable que nos hace superar pesadillas tan reales como el fascismo o el fanatismo, y que despertemos del encantamiento y de la hipnótica sensación de que estamos más conectados que nunca.