MIGUEL ÁNGEL FURONES (YOROKOBU) / Existe una versión apócrifa del Antiguo Testamento que cuenta el Génesis de manera muy diferente a la tradicional. En dicha versión, existía un Dios todopoderoso al mando de incalculables legiones de ángeles.

Ese Dios era arrogante y totalitario, jamás escuchaba a sus siervos ni sentía el menor respeto hacia ellos. Ante tanto maltrato, algunas de sus legiones se levantaron contra Él. Entonces comenzó una guerra celestial entre ellas y los ángeles que permanecieron fieles a su Creador.

La lucha fue despiadada hasta que finalmente las legiones leales obtuvieron la victoria. Terminada la contienda, Dios premió a los suyos ofreciéndoles un lugar en el paraíso. A los sublevados, en cambio, los sumió en la oscuridad eterna como castigo a su felonía.

Pero Dios se encontró con un problema. Algunos millones de ángeles no se levantaron contra Él, pero tampoco acudieron en su apoyo. Es decir, no tomaron ninguna decisión. Evidentemente, no podía premiarles ni castigarles de forma tan rotunda como al resto, pero debía de hacer algo con ellos.

Tomar múltiples decisiones

Finalmente optó por borrarles la memoria y obligarles a vivir durante un tiempo en uno de los múltiples planetas de su universo, al que llamó Tierra. En dicho planeta, los ángeles, convertidos en seres humanos, se veían obligados a tomar múltiples decisiones durante toda su vida. Y al final de la misma, Dios optaría por premiar o castigar a cada uno de ellos en función de las decisiones que hubiesen tomado.

Es decir que, según esta versión, los humanos somos ángeles desmemoriados condenados a decidir. Por eso nos gusta tan poco hacerlo.

La psicología ha escrito muchas páginas explicando las causas de esta resistencia: el hecho de que al tomar una decisión estamos eliminando las demás alternativas, el coste de las consecuencias, el miedo a equivocarnos…

De lo que, en cambio, se ha escrito menos es del placer de elegir. Y sin embargo, se trata de un placer adulto. [Seguir leyendo].