MAR ABAD (YOROKOBU) / Resulta paradójico que apenas se valore el trabajo de las mujeres que cuidan lo que más queremos: nuestros hijos, nuestros ancianos, nuestro hogar. Ni siquiera se hace la concesión de considerarlo un oficio. Por eso siguen sin tener prestación por desempleo y muchas veces ni siquiera cobran el salario mínimo.

Hasta hace muy poco ningún organismo se interesó por las condiciones laborales de las empleadas domésticas. Ahora la ley empieza a tenerlas en cuenta. Ahora ellas se han organizado, hartas de que las consideren trabajadoras de segunda. ¿Y por qué es así? Porque, en su mayoría, son mujeres, de zonas rurales o países pobres, sin título universitario y a menudo de piel amarilla o negra.

María Roa ni siquiera tenía pasaporte cuando la invitaron a impartir una conferencia en Harvard. Nunca había salido de Colombia. Los viajes que había hecho hasta entonces eran huyendo de la guerrilla.

En abril de 2015 fue distinto. Una de las universidades más prestigiosas del mundo la esperaba como presidenta de la Unión de Trabajadoras Afro del Servicio Doméstico (Utrasd). Hablaba ante el mismo auditorio que escucharía después a uno de grandes pensadores del siglo XX, Noam Chomsky. “Les agradezco haberse salido del molde, porque no es común invitar a una persona como yo, que, aunque represento a 750.000 empleadas domésticas que hay en Colombia, no tengo título”, dijo Roa ante el auditorio en Boston.

Mujeres sobrevivientes de la esclavitud doméstica

Era la primera vez que una empleada del hogar participaba en un congreso organizado por la Universidad de Harvard y el instituto tecnológico más valorado del mundo, el MIT. Roa, después de apañárselas para volar sola, para no perderse hasta llegar a la Puerta 60 en el transbordo de Miami y echar una cabezada en la terminal bien agarrada a su maleta, tuvo la valentía de explicarles a ese centenar de licenciados que aunque las trabajadoras domésticas agradecen la ropa de segunda mano que les regalan, esas atenciones no pueden sustituir ni su salario ni sus derechos.

Roa explicó que “el Gobierno de Colombia admitió por primera vez que los derechos de las empleadas del hogar se violan sistemáticamente. Aunque al ratificar el Convenio 189, han empezado a cambiar muchas cosas”. Pero es sólo un primer paso, alertó, porque todavía son vistas como trabajadoras de segunda categoría. O peor aún: “Somos las sobrevivientes de la esclavitud doméstica”. [Seguir leyendo].