ANTONIO SANDOVAL /Antes que Dersu fue Kasián. Iván Turguénev se lo encuentra por casualidad en una aldea perdida en las altiplanicies rusas del Óblast de Oryol. Es en una de esas excursiones que con tanto detalle nos cuenta en Memorias de un cazador, publicado en 1852.

Kasián es un hombre muy menudo, “de rostro pequeño, moreno y lleno de arrugas, nariz respingona, ojos marrones y diminutos prácticamente imperceptibles y una melena negra abundante sobre su cabecita, amplia como la cabeza de un hongo sobre el tallo. Todo su cuerpo era extraordinariamente frágil y delgado, y es imposible poner en palabras lo inusual y extraño de su mirada”.

Más inusual todavía es su conversación. Kasián considera un pecado matar a las criaturas del bosque. Reprende por ello a quien nos lo describe. Le llaman la Pulga, y le consideran un hombre santo. Cree profundamente en Dios, pero es el suyo el Dios de una estepa que la modernidad disuelve con una demanda de madera que destripa poco a poco los bosques en los que el hombrecillo encuentra cuanto es.

Ruiseñores para regalar

Aunque él lo niega, Kasián es un sanador. Un maestro en eso que hoy se llama etnobotánica, y que hace no tanto se consideraba poco más que una forma de vulgar chamanismo. Conoce las plantas que curan. También esas otras que “quizás ayuden, pero son un pecado y es pecaminoso hablar de ellas. Tal vez puedan usarse con la ayuda de la oración…”. Además, captura ruiseñores. Pero no los mata. Los mantiene vivos, y luego los regala “para el disfrute de los hombres, para su consuelo y alegría”. Cuando se encuentra con el cazador, vive alejado para siempre de su región natal, un paraíso personal llamado Krasívaia Mech.

Estos días de noviembre están llegando al occidente de Europa un puñado de aves muy inusuales aquí. Coliazules cejiblancos, papamoscas papirrojos, acentores siberianos… Son pájaros del este de Europa, y más allá, que llaman mucho la atención de los ornitólogos de aquí, de tan poco comunes cerca del paralelo de Greenwhich. Han pasado la primavera en la espesura infinita de la taiga, y con el otoño deberían haber migrado hacia el sureste de Asia, como desde siempre han hecho los suyos. Sin embargo, estos ejemplares se han venido hacia este otro extremo del gigantesco continente euroasiático.

Mosquiteros bilistados en A Coruña

En Galicia hemos recibido ya unos cuantos mosquiteros bilistados. Algunos de ellos han sido detectados en A Coruña. Son pequeños, con dos listas pálidas en el ala y una llamativa ceja. Su reclamo es un silbido agudo, breve y trisilábico.

“En las matas más bajas y en los claros suele haber pequeños pajarillos grises, que van de ramita en ramita emitiendo silbidos cortos antes de tomar vuelo. Kasián solía llamarlos, intercambiaba llamadas con ellos; una codorniz joven salía volando de entre sus pies, y él emitía un alarido detrás de ella; una alondra comenzaba a elevarse, aleteando y cantando; Kasián de inmediato aprendía su cancioncilla. Pero a mí no me decía ni una palabra…”, nos relata Turguénev.

Luego vino Dersu Uzala. El libro extraordinario de Vladimir Arseniev, de 1923. Y la película de Akira Kurosawa, de 1975, tan hermosa que parecía imposible que no fuera otra cosa que la filmación del mejor de tus sueños. Dersu, el viejo guía de la etnia Hezhen, encarnaba cuanto estaban a punto de dejar de ser aquellas selvas impenetrables del Sijoté-Alín. También él hablaba a la gente del bosque. Temía al tigre, a quien llamaba Amba, pero no supo aprender a temer los cambios que los nuevos tiempos traían consigo. Achacó su mala suerte posterior a haber disparado a Amba. Hoy sobreviven más tigres en zoológicos que en la libertad de esa foresta inmensa, inmediata al mar de Japón.

Desde su distancia geográfica, temporal y literaria, y también cinematográfica (ya no se hacen películas así), hoy todavía Kasián y Dersu nos sanan.

mosquitero bilistado

Fotograma de “Dersu Uzala”, de Akira Kurosawa (1975)

“Miráis pero no veis”

He regresado a ellos estos días de arribada de aves siberianas a este otro extremo del mundo. Fue tras observar uno de esos inusuales mosquiteros bilistados de voz trisilábica. Llegué a casa y tomé estos textos. Los releí como si buscara una explicación; más bien una confirmación. Recordé las imágenes de bosques infinitos preservadas por Kurosawa en forma celuloide emocionado.  Y aquellas palabras de Dersu: “Miráis pero no veis“, a las que respondía el desarraigado Kasián: “Aquí todo es hacinado y seco. Nos hemos convertido en huérfanos”.

¿Qué cómo nos sanan? Kasián, lo sabemos al final del relato, tiene una hija. Para enorme sorpresa de Turguénev, es una adolescente de una hermosura fascinante. Cuando aparece, Kasián la trata con ternura y la despide con rapidez, para que su visitante no entretenga su mirada en ella. Luego habla ya muy poco con él. Y se despide con frialdad. El cazador no vuelve a verla. Tampoco nosotros.

¿O sí?

Reprendido por construir otra choza

Dersu y la partida de ingenieros que guía, comandada por Arseneiev, alcanzan en un momento de su aventura, agotados tras una larga caminata por el bosque, una choza desvencijada. Todos menos el viejo nativo se echan a descansar. Lo que Dersu hace entonces, antes incluso que comer, es arreglar el tejado, acumular leña y preparar un pequeño paquete con cerillas, sal y aceite. Es necesario, explica, para quien pueda venir después de ellos, cuando sea.

Terminó Dersu sus días en las afueras de una ciudad a la que acompañó años después, cuando empezó a perder la vista, a su amigo Arseneiev. Al poco de llegar las autoridades locales le  reprendieron por construir otra choza, y hacer fuego, en el parque municipal. Decidió regresar a sus bosques, a pesar de su creciente ceguera. Arseneiev le regaló un rifle como despedida. Alguien le quitó la vida para robárselo. Su tumba entre abedules acabó con el tiempo formando parte del recinto de un aserradero.

Igual que estos pájaros de bosque siberiano que estos días se vienen en la dirección equivocada (o no, ¿cómo saberlo?), también Turguénev acabó lejos de su tierra natal. Falleció cerca de París, junto a su amante española, una diva de la ópera. Allí, y en toda Europa, se le consideraba en su tiempo un escritor demasiado ruso. En su tierra, en cambio, se le tenía por demasiado occidental. En cuanto a Arseneiev, murió como héroe nacional en 1930. Sin embargo, pocos años después su viuda fue detenida por la policía secreta soviética, acusada de saboteadora al servicio de una organización presuntamente creada por su marido. Tras un rápido juicio fue ejecutada. La hija de ambos sólo sobrevivió para ser deportada a un gulag.

Donde las hojas no se caen de los árboles

“Kasián, Kasián”, imaginé que repetía, como un niño perdido entre el follaje de aquel árbol, el mosquitero bilistado que fui a ver con mis prismáticos. “Kasián, ¿dónde estás?”.

Kasián está, como él mismo explicó a Turguénev, “en el lugar el que las hojas no se caen de los árboles en invierno, ni en otoño, y donde crecen manzanas doradas en ramas de plata y cada hombre vive contento con lo que tiene y en justa alianza con sus semejantes… Ahí es adonde me gustaría dirigirme… ¡Y eso que he andado por todas partes! He estado en Romión y en Simbirsk, una ciudad como Dios manda, y en el mismo Moscú, engalanado con sus coronas doradas. Y en el Oka, el que nos alimenta, y en Tsna, la paloma, y en el Volga, nuestra madre, y he visto a mucha gente, todos buenos cristianos, y en muchas ciudades honestas he estado… Pero me gustaría ir a aquel lugar… Y eso es todo… Y pronto… Y no sólo yo, que soy un pecador más, sino muchos otros cristianos que se ponen en marcha y caminan por el ancho mundo sin nada excepto cortezas de tilo a modo de zapatos en busca de la verdad…”.