DAVID GARCÍA (YOROKOBU) / Las pesadillas comenzaron a aparecer en los sueños de Mariona hace dos años. En ellas, una mano corría detrás de ella cada noche. Cuando Oriol Malet, su padre, le mostró a Cosa, el personaje de La Familia Addams, Mariona entró en pánico. Ese fue el primer monstruo que la niña, que ahora tiene 5 años, añadió a su catálogo.

Oriol pensó que dibujar a los monstruos era la mejor manera de enfrentarse al miedo. «De repente, ya no quería subir las escaleras sola, ir al servicio sola, entrar en la habitación… No sabíamos muy bien cómo solucionar esa etapa». Así que Malet padre, que es ilustrador, decidió que el camino del arte sería la terapia a seguir.

El plan funcionó y, además, fue el punto de partida de Mariona y sus monstruos, un libro ilustrado que, aunque pueda parecer un álbum exclusivamente infantil, es también un comodín para padres y una sugerencia acerca de cómo hacer frente a los temores de los pequeños.

El arte, un filón contra los temores

Los Malet encontraron en la pintura un filón para luchar contra los temores cotidianos de sus hijas. «Mariona empezó a entender un concepto tan abstracto como la diferencia entre realidad y ficción a partir del momento en que empezó a dibujar sus temores, a convertirlos ella en ficción, en símbolo, a abstraerlos. En definitiva, es lo que siempre ha hecho el arte, ayudar al artista a entender su entorno y de una forma infalible. A partir de ahí, ya no tuvo problemas para entender sus temores posteriores. Enseguida, me pedía ir a dibujar lo que parecía que le provocaba inquietud, todo lo monstruoso que veía durante Halloween, en algunas pelis, en algunos dibujos de papá o en algunos libros. Del entendimiento a la fascinación sólo hubo un paso y ahora nuestra faena ¡es que deje de dibujar monstruos!», explica el ilustrador.

Con los niños y el arte basta con no levantar un muro. Nacen con el instinto y la capacidad de absorber cualquier influencia. En casa de los Malet siempre han tenido claro que si el arte estaba ahí, para qué iba a andar nadie poniéndole trampas.

«Mi mujer Meritxell y yo siempre hemos tenido claro que más que iniciarles en el arte, lo que íbamos a intentar era que nuestras hijas no abandonaran nunca esa pulsión que es intrínseca de los niños y del ser humano. La clave pasa por normalizar esa relación, por hacer que los libros o el material plástico sean la cosa más habitual y normal en casa. Para nosotros siempre lo ha sido. En los espacios más concurridos de casa siempre tienen su rincón de libros y su mesa con material de dibujo siempre disponible», describe el padre de Mariona (y de Gal·la). [Seguir leyendo].