EDUARDO BRAVO (YOROKOBU) / La libertad de imprenta del mundo occidental no se debe a los Padres Fundadores, ni a los próceres de la patria. Tampoco a los padres de la Constitución. Que se puedan publicar textos con palabras habituales en las puertas de los urinarios públicos es mérito de James Joyce.

El escritor irlandés y su obra más importante, Ulises, fueron perseguidos durante años en virtud de una legislación que dejaba al arbitrio de asociaciones de fanáticos religiosos decidir qué era o no una obra obscena.

En El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por Ulises, el escritor norteamericano Kevin Birmingham detalla el proceso de creación de la obra de Joyce. El libro, recientemente editado por EsPop, describe además los humillantes juicios a los que fueron sometidos Joyce y sus editores.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, James Joyce su familia malvivían en la ciudad italiana de Trieste. Aunque Retrato de un artista adolescente había sido bien acogido y valorado por la crítica, Joyce no era capaz de vivir de la literatura. Tampoco ayudaba el hecho de que su siguiente obra, Dublineses, hubiera sido rechazada por varias editoriales. Las imprentas se negaban a componer los textos porque contenían palabras como «maldito».

“Ulises”, la historia de Leopold Bloom

Mientras intentaba publicar Dublineses, Joyce comenzó a escribir Ulises. Por mediación del poeta Ezra Pound, la historia de Leopold Bloom y lo que le ocurre a lo largo del 16 de junio de 1904 comenzó a publicarse por entregas en una revista independiente norteamericana: The Little Review.

La publicación se distribuía a través del Servicio Postal de Estados Unidos, regido desde 1873 por la Ley Comstock. Su nombre se debía a Anthony Comstock, máximo representante de la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio. Dicha organización disfrutaba, según la ley Comstock, de la potestad de abrir cualquier envío postal con el fin de detectar cualquier «libro, panfleto, imagen, periódico y grabado obsceno, lúbrico o lascivo, o de cualquier otra publicación de carácter indecente».

Lo que era o no indecente quedaba a la discreción de Comstock y su sucesor en el cargo John Summer. Si estos fanáticos religiosos lo deseaban, la edición podía ser secuestrada o destruida y sus autores y editores llevados a juicio. Las penas podían ascender a diez años de cárcel y diez mil dólares de multa. [Seguir leyendo].