TONI GARCÍA RAMÓN (JOT DOWN) / Contaba Eric Heisserer, guionista de La llegada, que fueron necesarios más de diez años para acabar saliéndose con la suya. “Es imposible adaptar este relato”, le decían, una y otra vez.

Quién sabe, puede que tuvieran razón. El relato original de Ted Chiang, “Story of your life”, fusionaba de tal manera la historia de una mujer desolada por la perdida de su hija y la llegada de una serie de naves alienígenas a la Tierra, que se antojaba misión imposible trasladar aquello a un paraje visual más o menos definido. Desde tiempos lejanos se ha considerado a la ciencia ficción más un recipiente que un género (aunque nos empeñemos en lo contrario), del mismo modo que el cine aúna —en sus buenos momentos— el poder de todas las artes.

Así hemos leído a Ballard, Bradbury, Verne o Crichton: a veces en la pureza de sus parámetros conceptuales se escondían gigantescas metáforas sobre el ser humano y sus vilezas. Nadie ha indagado tanto y tan bien en las contradicciones de los que caminamos a dos patas y creemos estar en la cúspide de la pirámide alimenticia como la ciencia ficción, y nadie ha sido capaz de fingir con tanto talento que no era esa su intención.

“La llegada” casa ambición y ejecución

La llegada debe ser la película del año, o como mínimo la que mejor ha casado ambición y ejecución. Es fácil imaginarse a Terrence Malick, en un cine de Austin, contemplando La llegada y sorprendiéndose —con el sombrero puesto— de que un franco-canadiense ande pisoteando sus territorios con el garbo de un veterano y la timidez de un recién llegado, todo a un tiempo.

Imposible no ver a Malick en esos preciosos planos donde Amy Adams (la actriz protagonista) recuerda a su hija. Una historia contada en retazos, fragmentada con propósitos ambiguos, que nos desplaza a territorios inexplorados, donde el dolor es algo más que una punzada en el pecho.

Heisserer tuvo la fortuna de cruzarse con Denis Villeneuve, un tipo que lleva ya unas cuantas películas soltando mandobles. Un día son las interioridades de un par de gemelas a punto de meter la nariz en la tercera guerra mundial (si no lo es, lo parece), al siguiente una reflexión sobre la venganza como método de expiación y al otro una película de terror disfrazada de thriller socio-político.

A Villeneuve tanto le da: su deliciosa perversión de los géneros forma parte de su ADN tanto como esa obsesión por huir de los personajes de papel cebolla. Al canadiense no le hace falta mucho para construir un esqueleto y llenarlo de aristas, basta con dos frases. Como al abogado/soldado de Benicio del Toro, empeñado en llevar el apocalipsis a las puertas del infierno: “Los americanos no entendéis nada de lo que pasa aquí. Pero ya lo entenderéis”. [Seguir leyendo].