ANTONIO SANDOVAL / Contemplo desde mi ventana las idas y venidas de un par de urracas sobre las azoteas de los tejados del centro de A Coruña.

Pasean por las tejas, vuelan bajo nubarrones pintados a brochazos anchos y oscuros, se posan en la caligrafía nítida de las antenas, se descuelgan de un salto de ellas, planean hasta una azotea, recorren sus canalones, se asoman a la calle.

Igual que ellas, también yo busco.

Recuerdo a Claude Monet casi cada vez que, como ahora, observo una urraca. En su obra La pie, sí, cómo no.

Aquel invierno de 1868-69 nevó mucho en el norte de Francia. Monet lo pasó en la comuna de Étretat, en Normandía, pintando cuadros a menudo blancos. Como él, ese año y los siguientes (por lo visto fue un periodo muy frío en Europa) otros paisajistas se esforzaron en atrapar en sus obras las luces de la nieve, tan puras como volubles. Hay muchos ejemplos en Sisley, Pissarro, Renoir o Gauguin.

Hasta poco antes de ese momento de la historia del arte, las sombras en los lienzos habían sido en esencia oscuras, apagadas, opacas. Fueron Monet y los suyos quienes comenzaron a llenarlas de colores. La pie precede en cinco años a Impression, soleil levant, la obra que dio nombre al movimiento pictórico que terminó por cambiar incluso la manera de mirar de la humanidad.

Si la urraca echa a volar, la arquitectura del lienzo se desmorona

Sí, en La pie el impresionismo todavía está a punto de echar a volar. Es sólo inminencia; mejor aún: es todo él inminencia. Lo mismo que el pájaro del cuadro. Fíjate: es un ave de óleo, pero tan viva que, en la centésima de segundo que tardas en saltar de ella a su sombra en la nieve, ya ha cambiado de postura.

Sí, sí, fíjate bien.

Detente a continuación en esa sombra suya. Está fabricada con un azul suave y agrisado atravesado por una o dos pinceladas gruesas, casi pardas.

Si quitas la urraca de ese paisaje, si la urraca echa a volar, la arquitectura del lienzo se desmorona. Es su presencia sobre el portillo lo que equilibra cuanto la rodea. No sólo el vallado, los árboles, el almacén del fondo, el cielo rosado. También, y sobre todo, nuestra mirada. Cuanto nos la sostiene ante esa obra. Flap, flap, y de repente apenas hay más que un mero lugar.

urracas

“La pie” (La urraca, entre 1868 y 1869). Óleo sobre lienzo. Claude Monet. Musée d’Orsay /musee-orsay.fr

La técnica de Monet se llamaba “en plein air”. Consistía en trasladarse al campo para pintar los paisajes del natural, y se aprovechaba por entonces de dos novedades técnicas: los tubos de pintura al óleo y los caballetes articulados y ligeros. Así es: la estela de la escuela de Barbizon llega hasta La pie, pero queda bajo su nieve como bajo una página nueva.

La urraca llega, se posa en el portillo, cambia de postura y Monet percibe para nosotros en ese gesto una sacudida de la manecilla del reloj del arte

Hace frío. De noche ha nevado de manera muy copiosa. Ahora amanece sin prisa. El sol asciende reposando en cada escalón rosado del cielo. Las sombras apenas se encogen mientras  el pincel las retrata con ese zarco pálido. La urraca llega, se posa en el portillo, cambia de postura y Monet percibe para nosotros en ese gesto una sacudida de la manecilla del reloj del arte. Es una sacudida muy leve, apenas perceptible, pero ha comenzado a desplazar al mismísimo reloj.

Vuelan de un edificio a otro, y luego hasta el brazo de una grúa. Se lanzan desde allí hacia otro tejado. Buscan.

Busco.

Busco en su plumaje, en su silueta, en sus gestos, qué es lo que en ellas a la vez retiene y aviva mi mirada. O lo que es lo mismo, qué me sostiene mientras lo busco. Metáforas como colores brotados donde nunca antes los hubo. Palabras como sombras de sí mismas que se mueven según las dejas de leer.

Comienza a llover. La vista se emborrona y esmalta a la vez. Las urracas se marchan. Mi ventana se vacía.