MANUEL DE LORENZO (JOT DOWN) / Tengo un amigo que es calvo. Descubrí esta circunstancia la semana pasada, mientras tomábamos una caña en el bar al que acudimos todos los sábados. Hasta ese momento, la tarde estaba discurriendo con normalidad.

Como cualquier pareja de amigos, acompañábamos los sorbos de cerveza con debates sobre asuntos de lo más banal como el relativismo lingüístico, las contradicciones de la teoría de la evolución teísta o la metaética y las implicaciones de la falacia naturalista. También sobre temas importantes como la presencia —o no— de cebolla en la tortilla.

De repente, algo llamó mi atención. Algo en lo que nunca antes me había fijado. Supongo que hay cosas en las que, sencillamente, jamás reparas, hasta que un día, sin previo aviso, acaparan toda tu curiosidad y el resto del mundo se desvanece.

Sutilmente, observé la parte superior de la cabeza de mi amigo, que en ese momento se encontraba abstraído comentando las típicas obviedades sobre Alexander von Humboldt que se escuchan en cualquier cantina los sábados por la tarde. Había algo extraño en su cráneo. Algo inaudito. Me aproximé. Lo palpé con disimulo. Sin que se diese cuenta, traté de pasarle un pequeño peine. Fue imposible. Algo invisible, intangible, acaso inexistente, me lo impedía.

[…] descubrí que mi amigo estaba calvo. Mondo como una bombilla. Qué terrible disgusto. Qué profundísima decepción

Gracias a la perspicacia que me caracteriza, comprendí de inmediato qué era aquello que tanto me desconcertaba. Cómo pude haberlo ignorado durante tantos y tantos años. No era una hecho cualquiera. No era una de esas circunstancias capilares que, en el fondo, a un amigo le dan igual. Todo lo contrario.

Con sorpresa, pero también con dolor y frustración, descubrí que mi amigo estaba calvo. Mondo como una bombilla. Qué terrible disgusto. Qué profundísima decepción. Podría haberme esperado cualquier cosa de él. Cualquier vicio. Cualquier defecto. Pero aquello no. La calvicie no. Esa clase de contingencias deben avisarse. Un amigo nunca debería enterarse así, de sopetón. Es algo que, con toda seguridad, jamás seré capaz de perdonar. [Seguir leyendo].