GUILLERMO PARDO / Dejando al margen la capacidad de cada cual para la empatía, tendemos a justificar muchas veces la violencia machista recurriendo al determinismo para tratar de explicar esta forma de brutalidad: “Es que yo soy así”, “se me fue la mano”, “me criaron de este modo”. Y así hasta el infinito.

Decimos a veces que no somos dueños de nuestros actos porque las fuerzas interiores que nos controlan son superiores a nuestra voluntad de querer hacer bien las cosas, y, como además somos humanos, ¿quién no se equivoca?

Lo curioso es que ese tipo de justificaciones siempre llevan una nota negativa. ¿Del mismo modo que se nos va la mano en ese sentido porque no se nos va en el contrario, con actos positivos? Por ejemplo, excediéndonos en gestos altruistas como felicitar, regalar, elogiar… El determinismo estaría más que justificado en casos como ese, ¿o no?

La cuestión es que hasta ayer llevábamos ya 40 mujeres asesinadas en España, que se suman a otras muchas víctimas anteriores. Y todos los años se lanzan campañas, se celebran días internacionales, se promueven movilizaciones y minutos de silencio para frenar esos inconcebibles derramamientos de sangre. Seguimos igual: las matan, las violan, las trocean, las hacen desaparecer, las chulean, las vejan y humillan porque ellos han nacido así y no hay nada que hacer.

Claro que hay algo que hacer. Se puede emplear el modelo expuesto por Stanley Kubrick en La naranja mecánica para combatir con violencia la violencia desatada y el daño, muchas veces irreparable, causado a los víctimas. Ese modelo consiste en someter a los violentos al tratamiento Ludovico, una terapia experimental de aversión que se presenta en la película como una estrategia para detener el crimen en la sociedad.

La técnica del tratamiento Ludovico

El sujeto paciente es sometido a formas extremas de violencia, forzándolo a ver escenas cinematográficas muy violentas. Como Álex, el protagonista del filme, el paciente debe ser incapaz de apartar la mirada de la pantalla porque su cabeza estará inmovilizada y sus párpados abiertos por un par de ganchos. También será drogado antes de ver las películas, para que asocie las acciones violentas con el dolor que le causan. De esta forma, el tratamiento lo deja incapacitado para ser violento (ni siquiera en defensa propia) y también para de tocar a una mujer.

Esta no sería, desde luego, una solución aceptable para acabar con la violencia machista. No se trata de infligir más dolor, sino de que se entienda lo que conlleva sentirlo y ser capaces de evitarlo con acciones sencillas o, simplemente, con no hacer nada.

Es mucho más sencillo recurrir a la naturaleza humana para poner fin al maltrato a otras personas, más allá incluso de la violencia machista. ¿Cómo? Recurriendo a la empatía, un sentimiento que nace con nosotros pero que no todos desarrollan en igual medida.

En su ensayo La civilización empática, Jeremy Rifkin plantea una visión radicalmente nueva de la naturaleza humana que están poniendo de manifiesto la biología y las ciencias cognitivas. Los descubrimientos recientes en el ámbito de las neurociencias y en el desarrollo infantil obligan a cuestionar la creencia, tan arraigada, de que los seres humanos somos agresivos, materialistas, utilitaristas y egoístas por naturaleza.

Rifkin no se queda en la teoría y presenta ejemplos basados en experimentos científicos y posteriormente divulgados en publicaciones especializadas que demuestran el papel de la empatía en la relación entre personas. Es el caso de un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Yale con bebés de 6 a 10 meses de edad y publicado en Nature en el año 2007.

Los bebés de muy corta edad preferían a las personas que ayudaban a los demás antes que a las que no lo hacían

El objetivo del estudio era saber si los bebés podrían distinguir entre unos “buenos samaritanos” y otras personas “malas” con los demás, y a cuáles hallarían más atractivas. Los resultados, según revela Rifkin, fueron reveladores: los bebés de muy corta edad, aun antes de haber desarrollado la sensación más rudimentaria de sí mismos, preferían a las personas que ayudaban a los demás antes que a las “malas”.

Los investigadores hicieron el siguiente experimento: los bebés veían a un montañero de madera al pie de un cerro. En los dos primeros intentos de subir, el alpinista fracasaba. Al tercer intento, o bien era ayudado por una persona “buena” que lo empujaba o bien era empujado colina abajo por una persona “mala”. Luego se animaba a los bebés a elegir entre la persona buena y la mala. Catorce de los dieciséis bebés de 10 meses y los doce bebés de 6 meses eligieron a la persona buena.

Los estudios de Yale indican que los bebés con menos de un año de edad son capaces de distinguir la conducta social de la antisocial. Otros estudios, más recientes, indican que hacia los 18 meses los niños son capaces de actuar de manera altruista.

La empatía como manifestación de la conducta altruista

En el ensayo de Jeremy Rifkin se cuenta la experiencia del psicólogo Felix Warneken, que publicó los resultados de un estudio de niños de esta edad que manifestaban una conducta altruista mucho antes de lo que se pensaba, demostrando de nuevo la naturaleza biológica del altruismo humano y su predisposición hacia la empatía.

Cuenta Rifkin que Warneken realizaba una serie de tareas a la vista de los niños, como apilar libros o colgar toallas con pinzas. De vez en cuando hacía ver que tenía algún problema con las tareas y dejaba caer las pinzas o derribaba un montón de libros. Cada uno de los veinticuatro niños se acercó gateando hasta él para ayudarlo a recoger las pinzas o los libros, pero solo cuando los gestos faciales y corporales de Warneken indicaban que necesitaba ayuda.

Con el fin de no desvirtuar el experimento condicionando a los niños a socorrerlo a cambio de elogios, el psicólogo no les pedía ayuda ni les daba las gracias si se las daban a él. Warneken destaca que los bebés no le ayudaban cuando tiraba un libro o una pinza adrede, sino solo cuando estaba claro que necesitaba apoyo, lo que indica una gran sensibilidad hacia sus problemas y la voluntad de ayudarlo. Los bebés demostraron un altruismo puro, sin esperar nada a cambio.

Ahora nos preguntaremos qué aplicación tiene esto en la edad adulta. La respuesta la ofrece el propio sociólogo en el primer capítulo de su libro:

Flandes, 24 de diciembre de 1914. La tarde llegaba a su fin. La Primera Guerra Mundial de la historia estaba en su quinto mes. Millones de soldados de apiñaban agazapados en la red de trincheras que cruzaban la campiña europea. En muchos lugares, los ejércitos enemigos estaban atrincherados uno frente a otro, a un tiro de piedra.

Las condiciones eran infernales. Los soldados muertos yacían en la tierra de nadie. Cuando aquella noche caía sobre los campos de batalla, sucedió algo extraordinario

Las condiciones eran infernales. El aire glacial del invierno entumecía los cuerpos. Las trincheras estaban anegadas. Los soldados compartían su cobijo con ratas y otras alimañas. Por falta de letrinas adecuadas, el hedor de excrementos humanos lo impregnaba todo. Los hombres dormían de pie para evitar la porquería y el fango. Los soldados muertos yacían en la tierra de nadie que separaba las dos fuerzas, pudriéndose a unos metros de sus camaradas vivos, que no podían ir a por ellos para darles sepultura.

Cuando aquella noche caía sobre los campos de batalla, sucedió algo extraordinario. Los soldados alemanes empezaron a prender velas en los miles de pequeños árboles de Navidad enviados al frente para elevar su moral. Luego comenzaron a cantar villancicos… Primero “Noche de Paz”, luego, un torrente de canciones. Los soldados ingleses escuchaban atónitos. Uno que contemplaba con incredulidad las líneas enemigas dijo que las trincheras titilaban “como candilejas de un teatro”.

Los ingleses respondieron con aplausos: al principio con cierto reparo, luego con entusiasmo. También empezaron a cantar villancicos a sus enemigos alemanes, que respondieron aplaudiendo con el mismo fervor.

Se daban la mano, compartían cigarrillos y dulces y se enseñaban fotos de sus familias

Varios hombres de los dos bandos salieron a gatas de las trincheras y empezaron a cruzar a pie la tierra de nadie para encontrarse; pronto les siguieron centenares. A medida que la noticia se extendía por el frente, miles de hombres salían de las trincheras. Se daban la mano, compartían cigarrillos y dulces y se enseñaban fotos de sus familias. Se contaban de dónde venían, recordaban Navidades pasadas y bromeaban sobre el absurdo de la guerra.

A la mañana siguiente, mientras el sol de la Navidad se elevaba sobre los campos de batalla, decenas de miles de hombres -según algunas fuentes hasta cien mil- charlaban tranquilamente. Veinticuatro horas antes eran enemigos y ahora se ayudaban para enterrar a los camaradas muertos. Se dice que se jugó más de un partido de fútbol.

Los oficiales del frente también participaban, pero cuando las noticias llegaron al alto mando de la retaguardia, los generales no vieron los hechos con tan buenos ojos. Temiendo que esta tregua pudiera minar la moral militar, enseguida tomaron medidas para meter en vereda a sus tropas.

Enviados allí para matar, tuvieron el valor de dejar de lado sus deberes para confortarse mutuamente y celebrar la vida

[…] Durante unas horas, no más de un día, decenas de miles de seres humanos desoyeron a sus mandos y olvidaron la lealtad a su país para expresar la humanidad que tenían en común. Enviados allí para mutilar y matar, tuvieron el valor de dejar de lado sus deberes institucionales para confortarse mutuamente y celebrar la vida.

Aunque se supone que el campo de batalla es un lugar donde el heroísmo se mide por la voluntad de matar y de morir por una causa que trasciende la vida de cada día, aquellos hombres optaron por otra clase de valentía. Se identificaron con el sufrimiento de los demás y les ofrecieron consuelo. Al cruzar la tierra de nadie se encontraron a sí mismos en los demás. La fuerza para ofrecer aquel consuelo surgía de su sensación íntima y profunda de vulnerabilidad y de su deseo no correspondido de compañía.

Lo que aprendemos de esta experiencia, y de muchísimas más que vivimos todos los días, es que el ser humano nace predispuesto a la empatía, su cerebro está cableado para poder sentir como propios el sufrimiento y el dolor ajenos, las tensiones y las injusticias de que son víctimas los demás.

Esas cualidades innatas para la empatía hay que desarrollarlas desde que se es niño, para que luego, como adultos, podamos ponerlas en práctica. Si desde pequeños nos enseñasen a ponernos en el lugar del otro, a sentir como propia la humillación, el dolor y el sufrimiento de las mujeres maltratadas y asesinadas, reduciríamos considerablemente la violencia. Machista o no.