ENRIQUE ALPAÑÉS (YOROKOBU) / Todo empezó en un reino mágico lleno de princesas, castillos y animalitos sonrientes. Efectivamente, la International Positive Psychology Association no encontró mejor sitio para celebrar su cuarto congreso anual que Disney World, Orlando.

Hasta allí acudió como oyente el profesor Tim Lomas. Hasta allí acudió como ponente la profesora Emilia Lahti. Ambos coincidieron en la charla de la segunda, que versaba sobre el sisu, una palabra finesa que define la fuerza mental para superar las adversidades con valentía. El sisu sería un concepto similar a lo que en español llamaríamos resiliencia o perseverancia, pero según los finlandeses no tiene una traducción exacta. La doctora Lahti afirmaba que es una capacidad universal, pero resaltaba que sólo su idioma la había detectado, etiquetado y bautizado.

Sus palabras tuvieron un hondo efecto en Lomas, que empezó a divagar sobre otros nombres ignotos, otros conceptos universales que sólo hubieran sido bautizadas en unos pocos idiomas. Así que este psicólogo inglés se armó de algo parecido al sisu y se dispuso a superar dificultades para conseguir armar un diccionario universal de términos positivos. Y lo consiguió.

Un diccionario multilingüístico

El Positive Lexicographic Project recoge 700 palabras de cerca de un centenar de idiomas. Todas ellas hacen referencia a conceptos positivos o sentimentales y ninguno tiene una traducción exacta en otro idioma. Son sentimientos lingüísticamente inéditos y, aunque sus nombres no te suenen, es más que probable que comprendas, incluso que hayas probado en tu propia piel el sentimiento al que dan nombre.

¿Has entrado en algo parecido al éxtasis inducido por el ritmo de la música? Eso se llama tarab (en árabe). Si en lugar de al éxtasis a lo que te empuja la música es a quitarte la ropa  y a bailar como un loco, lo que sientes se llama mbuki-mvuki (en bantu).

Pero dejémonos de canciones y pongámonos románticos. Piensa en esas miradas lascivas que te lanzas en el metro con un perfecto desconocido. Eso en mi pueblo tiene un nombre, diría un yaganés, y no es ser una descocada, sino lanzarse mamihlapinatapeis, o silenciosas y mutuas miradas de deseo. Si después de tanto tonteo acabáis hablando, esos nervios que sientes, esas mariposas en el estómago se llaman kiling (en tagalo); y si al final la charla se os va de las manos y acabáis en la cama… bueno, eso tiene un nombre en cualquier idioma, así que hagamos una elegante elipsis y pasemos al siguiente punto. [Seguir leyendo].