ESTEBAN ORDÓÑEZ CHILLARÓN (YOROKOBU) / Si el artículo empezara así: «Puedes dejar de comprar revistas en papel, eso no te hace parecer más guay ni más inteligente. Sentimos haberte confundido», el cerebro del lector sufriría una alteración.

Se sentiría aludido y contrariado. Sabría que va contra la lógica editorial insultar a quien te da de comer, a quien tiene el poder de calificar los contenidos, recomendarlos o condenarlos; por lo tanto, deduciría que el significado es distinto al literal y que el artículo va a acabar defendiendo, de alguna manera, a los lectores de papel y, probablemente, zarandeando a los totalitarios de lo virtual o a quienes creen que en el gusto por la cultura hay siempre más postura que realidad. Entonces brotaría una complicidad, un clima de pertenencia al selecto club de quienes han comprendido el mensaje oculto que hay detrás de un sarcasmo.

Sarcasmo e ironía, recursos para el éxito

Si ocurriera así, el lector pasaría de mirar una hoja que le aporta información a implicarse mentalmente, a sumarse a la batalla que le propone el artículo. Y todo sucedería en cuestión de segundos. El sarcasmo y la ironía, según distintos estudios científicos, son armas para el éxito laboral, social, erótico e, incluso, evolutivo.

Sin embargo, en los tiempos de lo políticamente correcto, ante el ejercicio de la mofa aparecen cientos de corazones heridos pidiendo justicia. El psicólogo social Jonathan Haidt y el presidente de la Asociación por los Derechos Individuales en la Educación Greg Lukianoff publicaron un artículo, The coddling of the american mind, en el que diseccionaban el mecanismo de la ofensa compulsiva.

Se servían de la idea de ‘razonamiento emocional’, según la cual, asumimos como cierto lo que sentimos. De manera que catalogar algo como ofensivo no es una expresión de un sentimiento, sino de una acusación: «Es una demanda para que el hablante se disculpe o bien sea castigado por alguna autoridad por haber cometido un delito».

Pero el sarcasmo debe defenderse porque no sólo sirve como herramienta de comunicación, sino como engrudo de cohesión social. [Seguir leyendo].