GUILLERMO PARDO / Seguramente, alguna de nuestras mejores relaciones las hicimos en el bar de la esquina de nuestra calle o en cualquier otro donde quedamos con alguien o entramos a tomar un café y, espontáneamente, entablamos conversación con otras personas.

Quizá fue en el bar donde conocimos a las personas más interesantes de nuestras vidas o donde vivimos momentos difíciles de olvidar, e incluso donde cerramos tratos, contratos y negocios importantes. En el bar jaleamos a nuestro equipo, confraternizamos con los amigos, competimos a los dardos, al billar o al futbolín con los de la calle de enfrente, nos echamos unas risas contando anécdotas y chistes que nos hacen olvidar los sinsabores del día a día.

En el bar, la gran metáfora de la sociabilidad contemporánea, nos miramos a la cara. Cada día que pasa me pregunto hasta qué punto las redes sociales están cambiando esa realidad para crear otra bien distinta, en la que basta con la foto de un perfil para “mirar” a la cara y, supuestamente, hacerse una idea de quién es la persona del otro lado.

Todo el mundo sabe que la vista engaña – los magos o los que hacen cine y televisión lo saben mejor que nadie -, y sin embargo muchas veces confiamos nuestras mejores decisiones a la percepción que nos causa una imagen. ¿Quién no piensa que un hombre hermoso puede ser un buen marido? A menudo damos por sentado que lo que vemos es lo que nos conviene, sin reparar en otros sentidos.

El bar como metáfora social

Soy consciente, y así lo acepto de buen grado, de que hay que abrirse a la novedad, al asombroso mundo que nos traen los adelantos tecnológicos, pero hay cosas que prefiero hacer como siempre. Me gusta ponerle cara, en el sentido amplio del término, a las personas con quienes hablo. Sea o no en el bar, al fin y al cabo, como decíamos, una metáfora de la actividad social y a la que, como a las redes sociales, también te puedes enganchar.

Escuchar sus voces y sus acentos, saber a qué huelen, sentir y conocer las impresiones que nos causan cuando las tenemos delante, reír con sus ocurrencias, emocionarse con sus historias o las de sus familias y amigos, estrechar manos y experimentar las texturas de la piel.

Todas esas percepciones y sensaciones son las que nos dan el pálpito, la intuición, la certeza o la duda de que estamos ante alguien que puede enriquecernos de algún modo.

Lo demás, aún estando bien, no llega a la altura sociológica del bar.