GONZALO TOCA (YOROKOBU) / La asombrosa simplificación de las herramientas de programación y la enorme  difusión de internet, los dispositivos móviles, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea han multiplicado las posibilidades del ciberactivismo, el control del poder y la desobediencia civil.

Los nuevos canales han permitido coordinar y organizar protestas explosivas en la calle, presionar con campañas digitales que se han filtrado a veces en las agendas de los medios de comunicación, introducir nuevas formas de participación para aquellos que desean implicarse menos (firmando una petición de Change o apoyando una etiqueta en Twitter) y diseñar espacios que preservan el anonimato de los desobedientes. Nada de ello se hubiese conseguido sin grandes dosis de coraje, idealismo y generosidad.

Sin embargo, estas afirmaciones son sólo una parte de los hechos, seguramente la más fácil de comunicar y la que encuentra una audiencia más favorable y amistosa en el ciberespacio. A todos nos gusta sentir que la Red, a pesar de su nombre, nos ayuda a ser más libres, mejores ciudadanos y unos adversarios más formidables ante los abusos del poder. La realidad, obviamente, es bastante más ambigua.

Algunas herramientas del ciberactivismo se han ido reciclando en armas poderosas al servicio de la propaganda

Algunos de los mecanismos que han utilizado y refinado los que protestan contra el sistema han servido, pocos años después, para reforzar su apabullante influencia. Es conocido que muchos de los jipis contraculturales de los sesenta se convirtieron, sólo dos décadas después, en consumistas desatados y en grandes admiradores de los yuppies de Wall Street.

Del mismo modo, algunas de las herramientas del ciberactivismo de las últimas dos décadas y algunos de los hackers que las diseñaron se han ido reciclando, poco a poco, en armas poderosas al servicio de la propaganda de los partidos políticos y de la publicidad, el marketing y la ciberseguridad de las grandes instituciones y empresas. Los mecanismos para desobedecer se han transformado en armas de seducción masiva.

Se puede decir algo parecido de los dispositivos y plataformas que prometían vigilar y denunciar los abusos del poder. [Seguir leyendo].