ANTONIO SANDOVALSe dice que pudieron haber llegado hasta Nueva Zelanda. Que allí habrían quedado huellas de su presencia en forma de ciertos hórreos llamados “pataka”, y de ciertos rasgos genéticos. Lo sostuvo ya en 1976 el historiador australiano Robert Langdon (no confundir con quien desvela el Código da Vinci en la famosa novela), pero no está claro que así fuera.

Lo que se cuenta, en fin, es que en 1526 unos marineros que zarparon de A Coruña, en su mayoría gallegos, se perdieron en el océano Pacífico. En su rumbo errático pasaron por las islas Tuamotu, dejaron allí una descendencia de piel y ojos claros y acabaron su viaje en nuestras antípodas.

Cuanto hay son especulaciones. Aquello está muy lejos. Me refiero a lejos en el tiempo. Un tiempo aquel, por cierto, bien pintoresco. Las fortunas coruñesas apostaban nada menos que por abrir una ruta hasta Filipinas, para traerse desde allí unas especias (clavo, canela, nuez moscada…) que se pagaban a precio de oro en toda Europa. En consecuencia (tal cual), llegaban a esta ciudad un puñado de indios norteamericanos, de la costa Este. ¿Delawares, quizá? ¿Pequots?

Era la primera vez en la historia que los habitantes genuinos de aquel lugar del mundo alcanzaban el viejo continente. Por la fuerza, es de suponer. A ellos no les traería afán alguno. Sólo se tiene noticia de que acabaron repartidos como braceros, quién sabe si además como curiosidades humanas, por algunos de los hogares y explotaciones de aquellos mismos ricachones. A cambio, nuestra gente, aquellos exploradores asalariados a bordo de carabelas de madera de carballo, dejaron en las costas de lo que hoy es el centro del imperio (es decir, en las sucesivas cartografías de New Jersey a New Brunswick) unos cuantos topónimos gallegos que todavía hoy se conservan.

Los tiempos del descubrimiento

Era el tiempo de Erasmo de Róterdam (“Reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos “), de ideas tan odiadas por los dogmáticos. Y el de Carlos V y Enrique VIII. Y el de Tiziano, y Durero. De aquella, cuando llegaron a Coruña los indios norteamericanos, da Vinci llevaba ya enterrado seis años.

Era también el tiempo del comienzo del descubrimiento del planeta por parte de Europa. Y con él de los inicios, todavía párvulos pero en absoluto tímidos, de su depredación a fenomenal escala. El tiempo del impulso definitivo a  lo que muchos dogmáticos creen que mueve el mundo: la avaricia sin límites de los limitados recursos naturales. Me refiero a esa convicción que ha acabado convertida en fuerza geológica capaz de transformar incluso el clima global.

Correría el año 1526, quizás 1527. Me los imagino, si es que llegaron, allá en Nueva Zelanda. La San Lesmes, su carabela, no da más de sí. La han descuartizado para transformarla en botes y en el nuevo barrio de una aldea indígena. A pesar de las enormes diferencias culturales, congenian con los lugareños. De forma más intensa, con las lugareñas. Tienen nuevos descendientes. Se van haciendo mayores. Sufren de morriña. Cantan a sus hijos y nietos las canciones de aquí.

Sentados en unas rocas oscuras que han acabado convirtiendo en lugar de encuentro, suelen mirar hacia el horizonte marino por el que llegaron. Entre ellos y tanta distancia, vuelan muchas aves oceánicas. Albatros, pardelas, charranes… Los charranes son hermosos. Blanquísimos, de silueta afilada y vuelo tan liviano que parecen llevar dentro ráfagas suaves de viento, y no huesos y carne. Los observan ir y venir sobre las olas, dibujando arabescos contra el azul, desprendiéndose del aire para desaparecer bajo la superficie líquida y emanar de ella luego con un pececillo en el pico.

Los charranes árticos vuelven cada año

Recuerdan cómo, cada otoño de su infancia, charranes como aquellos entraban en bandadas en las bahías y puertos de su Galicia natal. Echaban allí un rato. Primero pescaban, luego descansaban, y al final se iban. Aves de paso. Pero que volvían cada año.

No como ellos. Ellos saben que nunca regresarán.

Se levantan y toman el camino de  la aldea. Van hablando en su lengua materna, mezclada con ya muchas palabras locales. Dejan tras de sí, en el mar, a los charranes, que siguen a lo suyo. Hasta que su instinto migratorio les dice que es hora de seguir su viaje.

Allá van, rumbo a la Antártida. Cuando la alcanzan, recorren sus costas heladas hasta llegar a sus orillas atlánticas, en la perpendicular del cabo de Nueva Esperanza. Comienzan entonces a volar hacia el norte, hasta pasar frente a Galicia rumbo a sus colonias en los Países Bajos. Son charranes árticos. Así se llaman. En otoño, tras criar a sus pollos, regresan con ellos hacia el sur. Y vuelven a pasar entonces frente a este extremo noroccidental de Iberia, de vuelta a Australia y Nueva Zelanda. Seguirán haciendo lo mismo, ellos y sus siguientes generaciones, hasta hoy. Hasta hoy mismo. Tejiendo de esta manera entre sí, una generación tras otra, dos de las antípodas del mundo.

Estos viajes tan remotos de los charranes árticos europeos fueron desvelados por la ciencia hace sólo tres años. ¿Qué opinarían de ellos, de haberlos conocido, a aquellos marineros gallegos de la San Lesmes, si es que llegaron hasta Nueva Zelanda? ¿Y Eduardo da Vinci, tan curioso siempre por los vuelos de las aves?

En cuanto a Erasmo de Róterdam, quien tampoco los conocía, sí escribió sin embargo algo sobre ellos: “Para el hombre dichoso todos los países son su patria”.