TONI GARCÍA RAMÓN (JOT DOWN) / En 2004, en uno de esos experimentos que solo se le pueden ocurrir a un científico con mucho tiempo libre, un investigador británico decidió probar el poder de maldecir.

Reclutó a un centenar de estudiantes y les conminó a meter la mano en una palangana llena de hielo. Unos debían reaccionar con normalidad y lenguaje adecuado y el resto lo contrario: acordándose de la madre del científico, soltando improperios e insultos al por mayor. Eso sí, tanto los unos como los otros debían mantener la mano en la palangana el mayor tiempo posible.

Las conclusiones fueron esperanzadoras para la humanidad: los que blasfemaban aguantaban significativamente más que el resto. Ese test, marciano como pocos, fue el que empezó la tendencia que afirma que los que maldicen (en voz alta) son mucho más felices, soportan mejor el dolor, y tienen una vida más plena.

Richard Stephens decía en su reveladora Black Sheep: The Hidden Benefits of Being Bad, que para faltar al respeto a alguien necesitábamos recurrir a la parte más “vieja” del cerebro, situada en el hemisferio izquierdo, que utilizábamos poco o nada. Por ese motivo, insistía Stephens, “blasfemar es bueno para la agilidad mental, al contrario de lo que pudiera creerse”.

Michael Adams, otro experto en la materia, afirmaba que no había nada malo en ser un rebelde y concluía que, al contrario de lo que se piensa, el uso de palabras malsonantes se produce más en la clase media y media alta que en la clase baja, y que el riesgo que acarrea utilizar este tipo de lenguaje lo hace mucho más accesible a los poderosos. No lo decimos nosotros, lo decía la Universidad de Lancaster en 2004: “Llegados a cierto punto en la escala social a la gente le importa muy poco lo que piensen los demás”.

Stephens, un tipo sabio, basaba sus pesquisas en un estudio con pacientes afectados por el síndrome de Tourette y monitorizados a tal efecto, que mostraban un uso habitual de las partes menos activas del cerebro.

Los anglosajones, expertos en blasfemar

Los anglosajones, siempre a la vanguardia, tienen hasta un género literario dedicado al insulto y a la ofensa (desde el ensayo y la tesis, claro) cuyos últimos ejemplos son In Praise of Profanity y The F Word. El segundo, del mencionado Michael Adams, no pasa de ser una recopilación de obras anteriores muy bien hilada (ya decía Voltaire que ser original era copiar con criterio), pero el primero es una magnífica obra de consulta para los amantes del arte de maldecir.

En la línea de obras magnas del género en el siglo XXI, con James McCawley y Allen Walker Read a la cabeza, In Praise of Profanity habla de los tabúes del lenguaje que constantemente (y por ese mismo motivo) son ignorados por los estudiosos, como si insultar no fuera una parte intrínseca del lenguaje y una intriga en sí misma.

Además, el profesor Adams ejemplifica con la expresión “gallina de mierda” que los insultos son vocablos que se mudan fácilmente de un idioma a otro y él mismo cita nueve ejemplos de la misma expresión utilizados a lo largo y ancho de Europa y la Gran Bretaña.

Melissa Mohr dedicó varios años al estudio del tema en Oriente Medio, donde muchas de las palabras consideras ofensivas en Occidente resultan inofensivas, pero, en consonancia, palabras tan habituales como “joder” podían enviarle a uno a la cárcel. [Seguir leyendo].