ENRIQUE ALPAÑÉS (YOROKOBU) / La primera mentira que se narra en Las aventuras de Pinocho (Carlo Collodi, 1881) no sale de la boca del famoso muñeco de madera, sino de su padre, Geppetto. Cuando el niño pregunta al carpintero por qué ha vendido su abrigo, este responde que hace demasiado calor, encubriendo que lo vendió para comprarle una cartilla para el colegio.

Pinocho aprende a mentir gracias a su padre. Todos lo hacemos. Mientras que nuestra educación judeocristiana nos enseña que mentir está mal, en la práctica aprendemos que hay ciertos grados de mentira y que algunos están socialmente aceptados. Nuestros padres nos mienten, minimizando los problemas, hablándonos de ratones y reyes que nos colman de regalos, de cocos y brujas que se llevan a los niños malos. Nos enseñan a dar las gracias y a fingir que nos han gustado los regalos de cumpleaños aunque los aborrezcamos.

Los niños, por lo tanto, aprenden que la sinceridad puede crear conflictos y que mentir es una manera de evitarlos. Y aunque no confunden las mentiras de buena fe con aquellas que se hacen para buscar un beneficio personal, sí trasladan el marco emocional entre ambas situaciones. Y este es un conocimiento necesario, pues el mundo para el que se están preparando está lleno de mentiras.

A lo largo de la fábula de Collodi, muchos personajes mienten a Pinocho, tantos que el protagonista llega a poner en tela de juicio muchas verdades. Cuando sale del taller de su padre, el pequeño títere se enfrenta a un mundo tan lleno de embustes que acaba por no saber qué creer. Muchos son los que se sentirán identificados con esta situación, no hace falta más que tirar de hemeroteca para ver cuánto y con qué impunidad nos mienten a diario en el mundo real. [Seguir leyendo].